La Noche que Dimos a Luz

El Despertar

La luz del bombillo te despierta. Miras a tu esposa que está acostada a tu lado mirándote con ojos muy abiertos y con una serenidad curiosa. Le preguntas si no puede dormir, te dice que tiene contracciones.  Te levantas sabiendo que hay serias posibilidades de no volver a dormir esa noche. Buscas tu agenda con calma y algo con qué escribir. Con ojos y voz de dormido le dices a tu esposa que te avise cuando sea la próxima contracción. Decides ponerte el buzo verde con capucha que te regalaron tus papás en una Navidad pasada. Te sientas en posición de flor de loto frente a tu almohada, como diciéndole a tu esposa que ya no te preocupa no dormir.

La Calma

Miras el reloj de la mesa de noche. Son las 12:31 a.m. Tu esposa empieza a respirar como le enseñaron en el curso sicoprofiláctico. Piensas que debiste haber asistido al menos a una de las clases. Anotas con tu mano un poco temblorosa por el frío, treinta segundos. Mientras viene la siguiente contracción, tomas el libro Qué Esperar Cuando Se Está Esperando  y lo abres en la página en que quedaste cuando empezaste a cabecear por el sueño. Tú esposa entra al baño. Según lo que lees, concluyes que la cosa se puede tomar con calma y que debes transmitirle mucha tranquilidad a tu esposa. Lees incluso que es bueno conservar el buen humor en estas situaciones para distensionarse. Decides entonces ponerte en la cabeza un pantalón que tu hijo de dos años dejó en tu cuarto y entras al baño como si fueras el bufón de Enrique VIII y le lees a tu esposa la parte del buen humor. Ella sonríe pero parece no entender qué haces con el pantalón del niño en la cabeza a media noche. Sigues anotando juicioso las contracciones sabiendo que las cifras que le dices a tu esposa no son tan exactas como ella se imagina. Notas que las contracciones son regulares en frecuencia pero su intensidad no va en aumento. Te tranquilizas. Tu esposa te dice que, por si acaso, vayas sacando las maletas que ella previamente había alistado para ir a la clínica. Una con la ropa del bebé y otra con su ropa. Es la primera vez que ves esas maletas, te parece que pesan demasiado. Tu esposa apoya sus manos contra una pared y respira como le enseñaron. Mientras tanto le lees que si las contracciones no son intensas, la mujer se puede dar incluso un baño para relajarse, teniendo en cuenta no resbalarse. Tu esposa está de acuerdo. Prendes el calentador. Sobre los baldosines pones el tapete antideslizante de tu hijo de dos años, que tiene un león amarillo al que tu llamas el León Martínez cuando lo bañas.

El Relax

Tu esposa se está dando un relajante baño caliente. Abres para averiguar si ha tenido alguna contracción y notas por un sutil gesto afirmativo, que está teniendo una en ese momento. Esperas a que termine, sales del baño y anotas en tu agenda la duración aproximada. Desde el baño, tu esposa te dice que alistes el carné del servicio de salud, la ecogaría y el examen de laboratorio. Los alistas. Sale y te dice muy tranquila, que tiene mucho sueño y que la bebé llegará en la mañana, que así sucedió hace dos años  con tu hijo de dos años. El comentario te tranquiliza. La ayudas a acostarse. Notas que ya no tienes tanto sueño y prefieres quedarte a su lado vigilando en posición de loto. Ella concilia pronto el sueño. Decides entonces escribir en tu agenda, al lado de la cuenta de contracciones, algo parecido a un poema:

El Trabajo de Parto, por un Papá

Foto de familia de María Lucía
Un sueño que se cumple
otro más mundano que termina
palabras vienen y van
inundándolo todo como el frío,
contracción de la realidad
contra el pecho.
Después viene la calma
incluso hay de nuevo espacio
para el cotidiano sueño.
Un angelito duerme
otro empieza a despertar
Tan solo puedo ofrecer mi mano,
unos segundos por contar
y algo de torpeza masculina.

Tu esposa se despierta con otra contracción. Notas que estando acostada, la contracción es un poco más fuerte. Anotas la hora y la duración. Tu esposa vuelve a dormirse. Se despierta de nuevo y esta vez pide que le des tu mano. Te la aprieta fuerte. Sabes que le está doliendo. Toma aire e intenta volver a dormir. Sugieres sutilmente llamar al médico, basado en una parte del libro que recomienda llamarle cuando se considere necesario, ya que no ha de ser ni la primera ni la última vez que una llamada despierte a un ginecoobstetra. Tu esposa piensa que aún no. Retomas la lectura del libro. Lees que muchas mujeres por pena prefieren no llamar al médico.

La Seriedad

Tu esposa se despierta, de nuevo toma tu mano con fuerza y te pide que llames al médico. Recuerdas que según el libro, es mejor que llame la embarazada pues así el médico nota la verdadera magnitud de la situación. Le preguntas que si ella prefiere llamar . Te pide que llames tú. Sacas de tu billetera la tarjeta del doctor y agradeces haber anotado el número de su apartamento al lado de su beepper. El timbre suena sólo dos veces. Escuchas un aló sereno y despierto. No te sientes apenado. Le dices que tu esposa ya está sintiendo contracciones. Él, amablemente, te dice que quiere hablar con ella. Tu esposa se endereza, se pone de pie y contesta el teléfono recostando su mano libre contra la pared. Tratas de pensar en algo. Tú esposa siente dos contracciones mientras habla con el médico. Te entrega el auricular. Contestas y el médico te dice que las contracciones están muy seguidas que es mejor que se vayan ya para la clínica. Tú le dices que perfecto, que sólo vas a ver con quién dejas a tu hijo de dos años. Cuelgas. Tu esposa te dice que llames a sus papás. Llamas a tu suegro. El timbre suena muchas veces. Responde un contestador. Esperas que te dé tono y dices, tratando de transmitir calma pero también seriedad, que tu esposa ya está sintiendo contracciones que si por favor, pueden venir a quedarse con tu hijo. De repente se escucha la voz dormida de tu suegro que te dice que ya van para allá. Le preguntas a tu esposa que si deben despertar ya a tu hijo de dos años. Ella te dice que aún no.

La Preocupación

De repente un grito rompe la tensa calma. Tu esposa está de pie y te dice que cree que no van a alcanzar a llegar a la clínica. Te acercas a ella que permanece de pie. Notas que sobre el piso están cayendo gotas transparentes. Acaba de romper fuente. Tu esposa te pide que te vistas. Caes en cuenta que estás en calzoncillos. Intentas ir por un pantalón pero otro grito de tu esposa te frena. Te dice desde el baño que la niña ya va a nacer. Prefieres ir al baño que ponerte el pantalón. Notas que ahora hay algo de sangre en el piso. Parece que se desprendió el tapón mucoso. Tu esposa vuelve a gritar.

La Precaución

Decides llamar al 125, el teléfono de la Secretaría de Salud de Bogotá, donde sabes que te enviarán una ambulancia. Te contestan. Dices que tu niña ya va a nacer y das tu dirección sin que te la pidan. Tu esposa vuelve a gritar. Te preguntan tu nombre, tu dirección, y el barrio del cual  llamas. Te piden además que permanezcas en la línea. Piensas que tienes mil cosas que hacer más importantes que esperar en la línea. Se corta la llamada. El teléfono inalámbrico queda al lado del lavamanos. Sales del baño y notas que tu hijo de dos años con sus ojitos abotagados y una carita de ¨esto qué serᨠestá en tu cuarto. Quieres abrazarlo. Piensas que es un poco injusto que a tu hijo le toque esto, aunque piensas que en el mundo a otros niños les toca vivir cosas más injustas. De la misma manera en que le adviertes que escuchará un trueno después de que ha visto el relámpago, le adviertes que su mamá va a gritar otra vez porque su hermanita va a nacer. Tu esposa vuelve a gritar. Una vez terminada la contracción tu esposa se calma y tranquiliza dulcemente a tu hijo. Tu hijo le echa saliva en la cara con el dedo para que no le duela. Vuelves a llamar al médico. Ruegas que hayas marcado correctamente el número. Te contesta y te pregunta qué pasó y por qué no han salido. Escuchas a tu esposa gritar de nuevo. Solo gritas la dirección de tu apartamento repetidas veces. Sales corriendo a la cocina, descuelgas el citófono para comunicarte con recepción, escuchas el sonido del timbre en el primer piso, pero nadie te contesta.  Dejas el citó fono pendiendo del cable y sonando en recepción para que todo el edificio se despierte. Abres la puerta del apartamento y gritas el nombre de la recepcionista. Dejas abierta la puerta y corres hacia tu cuarto. Tu esposa te dice: tú tienes que pensar porque yo voy a tener el bebé. Te agachas y ves la coronilla de tu bebé asomándose. Piensas que esto va en serio. Guardas una remota esperanza de que la ambulancia llegue. Escuchas los implacables alaridos de tu esposa y te preguntas por qué tu hijo y tú son los únicos en el edificio que tienen que escucharlos.

La Angustia

Vuelves a llamar al 125, dejas el teléfono descolgado, para que escuchen los gritos. Te devuelves a la puerta del apartamento y gritas en las escaleras que tu hija está naciendo que alguien te ayude. Todo está negro allá afuera. Te devuelves. Tu hijo de dos años está llorando y le dices que tranquilo. Tu esposa está de pie frente al espejo de tu cuarto, firme como un roble, decidida a parir a tu hija allí justamente. Grita largo y hondo. Lo aceptas. Tú vas a recibir a tu hija. Le dices a tu hijo de dos años que su hermanita va a nacer allí mismo. Te agachas. De repente sale la cabecita. Sus ojos están cerrados. Está en silencio.  Quedas en silencio tú también. La miras por unos segundos. Parece que el tiempo se detiene. Con el rabillo del ojo notas que entró a tu cuarto la recepcionista arropada con una ruana de lana. No escuchas a tu esposa. Te sientes en una nube y te preguntas si tu hija estará bien. Empujas el estómago de tu esposa como ayudándole a sacar el resto del cuerpo de tu hija. Escuchas a tu esposa pedirte que no lo hagas. Escuchas a la recepcionista decirle a tu hijo: tranquilo papito, su hermanita está naciendo. Tu hijo se calma. Recuerdas que Agustina, una enfermera robusta y amable, espichó más fuerte el estómago de tu esposa cuando estaba naciendo tu hijo de dos años y vuelves a empujar el estómago de tu esposa con más fuerza. Tu esposa te repite que no lo hagas.  Atinas a gritar: ¡Puja! Ves salir expulsado el cuerpo entero de tu hija y posarse suavemente sobre tus manos. Sientes su cuerpito cálido y húmedo. Sientes que se parece a ti. Le dices a tu hijo de dos años que ésta es su hermanita. Con calma desenvuelves el cordón umbilical que rodea el cuello de tu niña como si le quitaras una bufanda. Ves que tu  bebita mueve los bracitos. Te alegras. Le dices que tú eres su papá y que la amas. Escuchas a tu esposa preguntar si la niña ya respiró. Caes en cuenta. Con una confianza bárbara, y como en cámara lenta, alcanzas a pensar que absorberás  los  moquitos de su nariz con tu boca. Como en cámara rápida tu hija suelta una especie de gran estornudado y expulsa el líquido amniótico y llora. Respira. Tú respiras también. Su llanto te parece un sonido dulce, como un canto de esperanza. En ese momento una sonrisa invade tu rostro. No tienes cara, eres una gran sonrisa. Ahora sabes que todo lo que venga de ahí en adelante estará bien. Pase lo que pase, será más tranquilo y más fácil. Le dices a tu esposa que la amas. Te levantas y le entregas la bebé. Ella sonríe. Dice: mi muñequita. Vas rumbo al teléfono.  Escuchas que tu esposa le dice a tu hijo de dos años que lo ama. Pasas al lado de tu hijo y le besas la cabecita. Sientes su agradable calor en tus labios. Le dices que lo amas. Llamas de nuevo al doctor. Escuchas que te dice ¡aló! ¿qué pasó? le dices que tu niña ya nació. Escuchas su sorpresa. Te dice que la limpies y la abrigues muy bien. Te pregunta que si ya salió la placenta. Tú le preguntas a tu esposa y a la recepcionista que si  ya salió la placenta. Te dicen que sí. El doctor te dice que pongan la placenta sobre la bebé, que la abriguen bien y que se vayan ya para la clínica.

La Desesperación

Piensas en sábanas limpias. Abres el armario donde se guardan. No ves ninguna. Tumbas el arrume de cosas envueltas. Cae un cubre lecho, un mantel, una  bandera de Colombia, pero ninguna sábana limpia. Finalmente la recepcionista encuentra una en el piso. Tu esposa envuelve a la bebé. La recepcionista le ofrece su ayuda. Tu esposa  acepta y pone la bebé en su ruana de lana. Olvidas que hace un rato la recepcionista no escuchaba tus gritos. Ahora sólo la adoras. Adoras a todo el mundo. Recuerdas que estás en calzoncillos y decides ponerte un pantalón que está tirado en el piso. Le dices a la recepcionista que tiene que acompañarte a la clínica. Ella dice: ¿yo? y tú le dices sí, usted. Tu  esposa te pide que le ayudes a poner la pijama. La ayudas. Traes una cobijita de tu hijo y con ella envuelves a tu esposa. Tomas el cubre lecho de tu cama y con él envuelves a tu hijo. Lo abrazas. No quieres soltarlo nunca más. Tu esposa toma la niña con su cordón y su placenta. La recepcionista toma las maletas. Tu hijo de dos años dice: ¡el patico! Te volteas y ves un patico de plástico amarillo entre las cobijas de tu cama. Te devuelves. Dices: ¡claro, tenemos que llevar al patico! y se lo pones en su mano. Tu alma sonríe. Pasas por la mesa del comedor y tomas las llaves del carro. Empiezas a bajar con tu hijo de dos años envuelto. Le dices que lo amas y que es el bebé más valiente del mundo. La recepcionista va detrás de ti con las maletas. Cuando has  bajado dos de los cuatro pisos que tiene tu edificio sin ascensor, caes en cuenta que tu esposa viene bajando sola con la bebé. Te volteas y la ves bajar erguida como una dama de hierro. Nunca la has visto caminar tan derecha. Sientes que admiras a esa mujer con toda tu alma. Le dices a la recepcionista que permanezca a su lado mientras baja, que no se preocupe por las maletas. Llegas al parqueadero, abres el carro. Metes a tu hijo de dos años en su asiento para niños, le amarras su cinturón de seguridad, lo arropas con el cubrelecho y le dices que van para la clínica, que todo va a estar bien. El se queda tranquilo. Abres la puerta trasera para que entre tu esposa. Abres el baúl para meter las maletas. Tu esposa se sienta con la bebé y te pide que se vayan pronto. Dices, sí bebita. Caes en cuenta que no encuentras las llaves del carro. Te buscas en los bolsillos. No hay nada. Miras al lado del timón, en el baúl pero nada. No entiendes qué pasa. Te entra algo de desespero. Piensas que dejaste el carro abierto la noche anterior y  que tal vez las llaves del carro aún pueden estar arriba en la mesa del comedor. Decides subir. Subes como una gacela los cuatro pisos, pero por alguna razón, te hace falta un piso más. Te falta el aire. Llegas exhausto. Buscas donde crees que está, pero no encuentras nada. La recepcionista te ayuda a buscar. Te dice que ella había visto las llaves en la mesa del comedor pero que ya no están. Decides llamar un taxi, dices que es urgente. Bajas. Quieres guardártelo pero se lo dices a tu esposa: no encuentro las llaves.

La Caballería

De repente el hijo de la recepcionista te informa que afuera hay una ambulancia, te pregunta que si tú la pediste. Sales como un loco, pero tranquilo. La ambulancia está en el edificio de al lado. Les haces señas con todo tu cuerpo. Se demoran un poco en aceptar que eres tú el necesitado. Se parquean frente a tu edificio. Salen dos hombres. Les dices que es urgente que acaba de nacer tu bebé. Uno de los hombres te dice, un poco a la defensiva, que tranquilo. Te dice que permanezcas calmado para facilitar el trabajo. Le dices que estás tranquilo, pero que acabas de ser papá. El otro hombre te dice: yo soy médico. Te calmas. Sientes que todo está bien. Entras al parqueadero. Tomas a tu hijo de dos años en brazos envuelto en el cubrelecho. Tu esposa entra con la niña a la ambulancia ayudada por el médico. Les dices que van para la Clínica de la Mujer. Ves que el taxi acaba de llegar y el taxista se baja. Le dices: gracias hermano pero nos vamos en la ambulancia. El tipo se va un poco malhumorado. Entras con tu hijo envuelto. Tu esposa ya está acostada en la camilla con la bebé en su pecho. La recepcionista te ayuda a meter las maletas a la ambulancia. Abrazas a tu hijo con todas tus fuerzas. El permanece callado y tranquilo. Crees que la ambulancia va a arrancar pero no. El médico dice que van a cortar el cordón umbilical. Lo tomas con calma. Le explicas a tu hijo lo que hará el médico. El médico le pide al ayudante un sellador. El ayudante, que permanece serio como un poste, le contesta que no tienen. ¿No tenemos?,  repite el médico. El ayudante busca entre una especie de botiquines grandes. Tus maletas entorpecen su labor. Te parece que el tiempo es eterno. Piensas que si no habría sido mejor haber tomado el taxi. Pero te tranquilizas al pensar que más vale médico desconocido que taxista por conocer. Te preocupa que la bebecita esté muy fría aunque está contra el pecho de tu esposa. Cortan finalmente el cordón y lo sellan. Preguntas que si ya van a arrancar. El ayudante sugiere que tú te debes ir adelante con el chofer para no entorpecer su labor. Tú piensas que de allí no te sacan ni con la policía y le dices un rotundo ¡No! Permanecerán los cuatro en familia como hasta ahora. Con tu mano izquierda notas que tu hijo perdió la babucha de su pie izquierdo. Entonces aprietas ese piecito desnudo con todas tus fuerzas. Te aferras a él como a una tabla de náufrago. No quieres que tenga frío. No quieres que sienta miedo nunca más. Con tu mano derecha te cercioras de que él sigue aferrado a su patico amarillo. Finalmente el médico dice: Listo, ¿a dónde vamos? Les dices por segunda o tercera vez que a La Clínica de la Mujer. Les preguntas que si saben dónde es. El ayudante te responde que ellos saben donde quedan todas las clínicas de Bogotá. La ambulancia arranca. Sientes que aunque se ve moderna por dentro, avanza como la camioneta del abuelo de Los Waltons. Se mueve lento y rítmico como un camión repartidor de leche. Te volteas y ves al conductor por una ventanita que comunica con la cabina. Le dices que tú le indicarás el camino. Le dices a tu esposa que es la mujer más valiente del mundo. Le dices a tu hijo de dos años que estás orgulloso de él. Le dices a tu hija recién nacida que ¡ánimo! que ya pronto llegarán. Le dices al chofer que haga la oreja en el puente de la 92. La camioneta coge un hueco. Tu esposa le dice al chofer:  ¡Señor acabo de tener un bebé!. El chofer guarda silencio. El médico te dice que eres un papá estresado pero que te ves pleno. Te hace algo de gracia el comentario. Sonríes. El ayudante no vuelve a abrir su boca. Tu esposa le dice a tu hijo de dos años que lo ama. Le preguntas a tu hijo si quiere que canten algo. Te dice que no.

La Llegada

Le dices a tu esposa que ya van a llegar. Ella ya está un poco desesperada. Le dices al conductor que voltee por la próxima. Voltea. Olvidas decirle que debe voltear de nuevo. Notas que siguió derecho. Le dices que se detenga. Echa reversa. Finalmente están frente a la Clínica de La mujer. Bajas a tu hijo. Salen unas personas con una camilla y suben en ella a tu esposa con la bebita. Te gustaría que fueran más rápidos. Al entrar ves a una médica con un estetoscopio en el cuello. Te dice amablemente que los están esperando en urgencias. Te dice que tu hijo de dos años no puede entrar a urgencias. Le preguntas si ella puede quedarse un momento con él.  Ella dice amablemente que sí. Arrancas para urgencias con tu esposa y la niña. Te devuelves. Le preguntas a la doctora su nombre. Te responde: Alexandra. Le dices a tu hijo que se quedará un momento con Alexandra y que ella es buena persona. Le das un beso y le dices: valiente. El se queda tranquilo. Alcanzas la camilla rumbo a urgencias. Tu esposa pregunta por tu hijo de dos años, dice: ¿dónde está mi bebé? Le dices que tranquila que está con una doctora buena persona. Te tranquilizas al ver al ginecoobstetra de tu esposa listo con tapabocas y guantes. El te saluda amablemente igual que a tu esposa. Pregunta: ¿Y dónde está la bebé. Tu esposa abre la cobija y le dice que está con ella. Sonríes. Una pediatra toma a tu bebita. Tú miras a tu esposa y le dices que la amas, que es la mujer más valiente del mundo. Ella llora y te dice: te amo. Tú lloras. Le dices a tu niña de dos horas que estará bien y que la amas.  Algo dentro de ti descansa. Regresas a la recepción de la clínica. Ves a tu hijo al lado de la doctora y lo abrazas más duro que en los últimos dos años. Le dices a la doctora que gracias y le vuelves a preguntar su nombre.

Los Lazos

Un señor muy amable detrás de la barra de la recepción te pide que llenes unos datos de ingreso. Le preguntas que si puedes sentar a tu hijo de dos años en la barra de la recepción. Te dice que por supuesto. Sonríes. El médico de la ambulancia te pide que llenes otros datos. Le agradeces su labor y le dices que ahora ya sabe dónde es la Clínica de la Mujer. El hombre sonríe. Le das la mano. El hombre de la recepción te felicita y te dice que tú deberías cobrar por el parto. Te ríes por primera vez en la noche. Agradeces encontrar a ese personaje. Alzas a tu hijo y le muestras los cuadros de la sala de  recepción de la clínica y un florero lleno de girasoles. Le explicas, que los girasoles se llaman así, porque se voltean hacia el sol cuando éste  sale. De repente, a través del vidrio de la recepción, reconoces el Dodge Polara de tu suegro que acaba de llegar. Sientes que llegó la caballería. Ves entrar a tu cuñada. La abrazas. Le dices que la quieres y le entregas a su ahijado de dos años. Tu hijo sonríe alegremente y le muestra el patico. Entra tu suegro y tú lo abrazas con fuerza como si fuera tu propio papá. Lloras y le dices que todo está bien. Que tiene una hija muy valiente y una nieta que se parece a él. Tu suegro no puede hablar. Imaginas lo que sintió al llegar a tu casa y escuchar la noticia de boca de la recepcionista. Al  rato sale una enfermera muy amable y te dice que tu hija está bien, que estaba un poco fría y por eso ahora está en la incubadora. Tu suegro pregunta por su hija. Le responde que está bien, y que se está recuperando de la anestesia. Al rato sale el doctor, al que tu hijo de dos años llama "Doctor Doolittle". Te felicita. Te dice que tu esposa está bien. Tú quieres abrazarlo. Quieres abrazar a todo el mundo.  Le pides a tu suegro y a tu cuñada que se vayan con tu hijo a tu apartamento para que el niño duerma. Tu hijo dice: No, vamos todos a donde el abuelito. Tú sonríes. Abrazas a tu hijo dentro del Dodge Polara. Le dices que vas a cuidar a su mamá y a su hermanita. Le dices que su abuelo le contará un cuento. El sonríe y se despide con su manita. Tú saltas frente a la ventana con los brazos abiertos para demostrarle que estás feliz. El Polara arranca. Entras de nuevo a la clínica. Te sientas en un sofá de la recepción. Está oscuro. Tocas el buzo verde que te regalaron tus papás en una Navidad y notas que está empapado. Sientes que te tiemblan las piernas. Aprietas el patico que te dejó tu hijo. Sientes una gran necesidad de llorar. Te sientes pequeño, como una partícula de universo. Sientes que no pudiste haberlo hecho solo. Piensas en Dios. Sabes que alguien te ayudó. Tu abuelo que era médico, tus tías que fueron  tan buenas, tu ángel de la guarda, el ángel de la guarda de tu abuelo, tu esposa, tus hijos. Todos te ayudaron. Lloras a cántaros. De repente sale la pediatra y pregunta: ¿Usted es el héroe? Piensas que lo que hiciste es lo que hubiera hecho un campesino en su rancho, un desplazado en la carretera, o cualquiera al que le hubiera tocado hacerlo. Piensas que la heroína fue tu esposa.  Pero sonríes y contestas: Sí, yo soy.

LA NIÑA SE LLAMA MARÍA LUCÍA

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