Kalí

Eran casi las 2:00 de la mañana cuando sentí un dolor leve pero agudo debajo del ombligo que me despertó. Hacía días que estaba sintiendo punzadas en la pelvis y algunas molestias que me hacían desear ¡que mi bebe saliera ya! Me levanté, fui al baño, me recosté y al rato volví a sentir lo mismo. No estaba muy segura de que esa fuese la señal porque me habían dicho que iba a sentir “como un dolor de menstruación fuerte” y desde la tercera o cuarta contracción lo que sentía eran unas punzadas, cada vez más fuertes en mi espalda baja.

Desperté a Edan y decidimos tomar el tiempo. 5 minutos, “acuérdate de que puede ser irregular” me dijo. 4 minutos, jumm. 5 minutos, 5 y medio, 4 minutos, 4 minutos… ok “llama al doctor y a la doula ¡AHORA!” Nos habían dicho que les avisáramos cuando las contracciones estuvieran entre 8 y 10 minutos.

Había planes de dar una caminata por la finca porque decían que iba a sentir contracciones cada media hora pero no hubo tal cosa. Todo lo que había leído y me habían aconsejado acerca de visualizarme en otro lugar, de no quedarme pensando en el dolor se me olvidó al instante. Estaba bien centrada en que sentía olas de dolor en mi espalda y en que la única manera de aliviarlo era que Edan no despegara las manos de mi espalda nunca. Estuvo prácticamente todo el proceso dándome masaje “justo en el huesito” como yo le decía cada vez que se aventuraba a darme un masaje más amplio.

La enfermera partera Giselle llegó cuando estaba saliendo el sol y al rato me revisó cuanto estaba dilatando y ya tenía 7 cm “Esto va a ser rápido” me dijeron ella y la doula Diana. Como a las 10:30 de la mañana me revisaron otra vez (me parece que yo lo pedí) y ya estaba en 9 cm pero ahí se estancó.

Foto de padres de KalíEL bebé, estaba de cabeza, pero mirando hacia arriba, razón por la cual mis contracciones se sentían en la espalda y no en la barriga porque sus pies apretaban la columna. También tenía la cabecita inclinada hacia un lado y eso no lo dejaba descender. Para lograr que se acomodara mejor me puse a gatas, ñangotada, haciendo sentadillas, sentada en la bola, recostada en ella mientras me daban masajes etc. Estuve un buen rato sentada en la hamaca (yo quería parir ahí) moviendo mis caderas de lado a lado con la música de un tambor que un amigo tocaba y de un disco que cada vez que se acababa mandaba a darle a empezar inmediatamente (creo que cedí a otro disco instrumental por un rato por el bien de los demás pero el silencio no lo toleraba).

Hacía tiempo me habían recomendado tomar un chocolate caliente para acelerar las contracciones, pero nada más de pensarlo me daban náuseas, así que Edan se lo tomó por mí. Vomité como 5 veces. Tomé mucho té de hoja de rasberry. También jugo de ortiga, que da energía y ayuda a mantener los niveles de hemoglobina, y la enfermera partera me pedía ponerme azúcar (turbinada) debajo de la lengua para que no me diera un bajón. Evité mirar el reloj. En una me pidieron pararme y que cuando viniera la contracción eñangotarme y, si sentía ganas, pujara. ¿Ganas? Estaba loca porque ese bebé saliera y miré hacia el frente y ahí estaba el reloj marcando las 4:30 p.m., ya iban 14 horas desde las primeras contracciones, así que empecé a pujar.

Más tarde me daría cuanta de lo que es sentir realmente “ganas” de pujar. Después de este ejercicio ya estaba exhausta y la idea de que no podría lograrlo y que debería pedir ir al hospital comenzó a rondar mi mente. Miraba a Edan casi suplicándole que él lo dijera, pero no lo hizo y yo tampoco. Le decía que ya no podía más, pero la palabra hospital no se verbalizó. (Ahora pienso que lo difícil no es parir en la casa sin anestesia, sino parir en el hospital y no pedir medicamentos para el dolor teniéndolos accesibles.)

Me pidieron que me fuera a la cama porque me veía cansada y ahí estuve acostada, arrodillada, y luego semi- sentada hasta que llegó el doctor Ramón Pérez y tal parece que lo estaba esperando. Cuando venía la contracción, el “partero” me empujaba con su puño en la parte más alta del estomago y aunque esto no es muy recomendado sentí cómo mi bebé descendió más. “Ahora puedes sola” me dijo después de unas 4 o 5 veces de darme esa “ayuda” (bastante molestosa por cierto). Pude sentir con mi mano el pelo de mi bebé (y las ganas reales de pujar) y eso me hizo sacar fuerzas.

Con la contracción pujaba, y el resto del tiempo respiraba (gracias a las doulas por acordarnos respirar). Se repitió mucho el proceso de sentir como la cabeza comenzaba a salir y retrocedía cuando se iba la contracción. Esto frustraba un poco, pero es la manera gentil de lograr parir sin que te hagan una episiotomía ni tengas desgarres. Cuando sentí un ardor intenso recordé que me habían advertido del “anillo de fuego” que es cuando el bebé “corona” o asoma la cabeza y la verdad fue que eso más que provocar dolor me dio alivio porque sabía que mi bebé al fin estaba ahí.

Foto de Kalí con su padreEn ese momento, después de una seca de varias semanas, comenzó a llover. El bebé tenía dos vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello que rápidamente se las sacaron y yo ni cuenta me di. Edan lo agarró (aunque tardó tres segundos más de lo que yo hubiera querido ante las instrucciones confusas de cómo hacerlo) y me puso a mi bebé, Kalí Coaimar encima de mí barriga, el 23 de julio de 2008 a las 7:02 de la noche, después de 17 horas de parto, y yo fui feliz. No pude contener el llanto. “¡Mi bebé, mi bebé!” gemía. “No le digan lo que es, que ella lo vea” dijo la enfermera partera “No me importa lo que sea” dije (nunca me importó). Lo abrasé y exclamé “¡Ay, si sentí sus bolitas!” (Llanto y risas).

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