Mi Cuarto Parto

Una cálida madrugada del mes de agosto recibí por cuarta vez la bendición de traer un bebé al mundo. Con la diferencia que esta vez decidí ser la protagonista de este nuevo nacimiento. Recuerdo que un domingo en la mañana desperté con contracciones y así estuve todo el día. Pensaba “hoy es el día, hoy me voy de parto”. Sin embargo llegó la noche y me acosté a dormir, nada pasó.
Al levantarme al día siguiente solo sentí dos contracciones y ya. No lo podía creer, después de todo un día de contracciones y no parí. Ese lunes tenía cita con el obstetra, así que pensé: “al menos debo haber borrado y estar en unos 5 cm”. Que triste, para mi sorpresa cuando el doctor me examinó ese día y me dijo: “Estas como en 2.5 cm, ya casi para 3 cm”. Creo que casi lloré con la noticia, pues él mismo me dijo: “Te veo llegar hasta la semana 41”. En fin, me fui tranquila y pasé el resto del día sin ningún dolor.

Llegando la media noche del lunes me acosté a dormir muy tranquila pensando que mi bebé no llegaría hasta dentro de 3 semanas. A las 3:15 a.m. un martes 11 de agosto, mi esposo encendió la luz del pasillo porque una de nuestras hijas necesitaba ir al baño. Aquella luz invadió mi descanso y me hizo despertar. Al momento que abrí mis ojos sentí un dolor tan grande que lo tuve que expresar: “Javier tengo un DOLOR BIEN GRANDE”. Me voltee a realizar los ejercicios que practicaba para calmar los malestares comunes del embarazo, pero esta vez el dolor era tan fuerte que sentí la necesidad de pararme y abrir mis piernas. Wao! Nunca antes había sentido tanta emoción como en aquel momento. Escuche, literalmente un sonido como cuando se revienta un globo y de inmediato comencé a botar agua. Al momento dije: “Gracias Dios”, porque el día que más había anhelado y esperado por fin había llegado.

De inmediato mi esposo trajo una cubeta para terminar de recoger el agua, me moví hacia el baño y me bañé. Mientras me duchaba mi esposo me preguntaba: “¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la partera?” Al momento él la llamó y en 15 minutos Vanessa, la partera, ya estaba en casa realizándome un examen para ver cuánto había dilatado. Al momento de examinarme, Vanessa me dijo: “!ESTAS EN 10!” Yo no lo podía creer, había dilatado hasta 10 cm mientras dormía. No sentí dolor mientras dilataba, el único dolor fue al romper fuente.

A partir del momento que supe que mi bebé estaba por llegar me mostraba feliz paseando de un lado a otro de mi cuarto. Caminaba alrededor de mi cama, me sentaba, me acostaba, me paraba, en fin hacia todo lo que mi cuerpo me indicaba hacer. ¡Estaba en mi territorio! Allí estaban mis padres, mi esposo, dos de mis hijas y la partera. Todos pendientes a mis necesidades, ninguno me decía que hacer, yo decía que yo deseaba hacer.

Mis hijas Andrea, 5 años y Ana Victoria, 4 años, no paraban de mirar entre mis piernas a ver si lograban ver la cabecita del bebé. Ellas se mostraban eufóricas y sorprendidas pues yo, su mamá, no me quejaba de dolor. Todavía recuerdo aquellas dos caritas llenas de emoción y alegría al ver la cabeza de su nueva hermanita asomarse entre mis piernas.

Foto de Daniela acabada de nacerTodo el tiempo la partera me preguntaba: “¿Tienes deseos de pujar? Cuando los tengas me avisas.” Ella nunca me dijo cuando tenía que hacerlo. A las 5:30 de la mañana mi cuerpo decidió que había llegado el momento de traer una nueva vida a este mundo. Me pare firme y dije: “Tengo deseos de pujar”. Guiada por mi cuerpo, parada sobre el piso me recosté un poco sobre la cama y me aguante de las manos de mi papá, quien se encontraba al otro extremo de la cama. Lo aguante fuerte y le dije: “Te voy a apretar porque voy a pujar”. El se rió y esperó a que yo lo apretara. Con un pujo largo salió la cabeza. Con la cabeza entre mis piernas caminé un poco y me senté en una silla de parto (casi como estar en cuclillas). Allí sentada, recostada sobre el pecho de mi mamá y con la cabeza del bebé afuera, respire profundo y di el primer pujo. Al momento recuerdo que dije “!ay, duele!”, pero lo dije tan bajito que a veces pienso que no me dolió nada. Después del momento de haber roto fuente no había vuelto a sentir un dolor del cual quejarme. Con el segundo pujo y mis manos entre mis piernas agarre el regalo más hermoso que puede recibir una mujer ¡MI BEBÉ! ¡Que emoción! Estaba en mi casa, con mi esposo, mis hijas y mis padres. Todos fueron testigos del momento más hermoso que puede existir, el nacimiento de un nuevo ser.

Hasta aquel momento desconocíamos el sexo del bebé, así que mis niñas con euforia preguntaban: “¿Qué es? ¿Niño o niña?” Al recibir la noticia de que era una niña ambas se pusieron felices. Horas más tarde mi hija mayor quiso ponerle nombre a su nueva hermanita después de haber presenciado su nacimiento. La llamamos Daniela Alejandra. Al momento de Andrea nombrarla le dijo: “Bienvenida a casa Daniela Alejandra”.

Hoy puedo decir que no ha habido momento más hermoso en mi vida que este día. Di a luz en mi casa, mi territorio, hice lo que yo quise hacer y como lo quise hacer. El cordón de mi bebé lo cortó mi esposo 20 minutos después de haber nacido, cuando el cordón paró de latir. Mi bebé estuvo encima de mis pechos las primeras 24 horas. Nadie me la quito. La lacté junto a mi otra hija, Victoria Sofía (2 años) durante todo ese primer día. Bebí todo el líquido que quise durante mi trabajo de parto y acabando de parir comí una ensalada de frutas y me comí un biftec. En fin este fue el mejor parto que jamás había experimentado. ¡Gracias Dios por haberme dado esta oportunidad! ¡Gracias Vanessa (la partera) por haberme asistido en el momento más maravilloso de mi vida!

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