Angelito Entre Nosotros

Los dolores comenzaron por la madrugada. Mi tía –abuela de 78 años dormía tranquila en el cuarto que compartíamos. No desperté a nadie porque las contracciones no eran muy seguidas y pensé, sentada en el sofá: "Soy primeriza, esto se va a tardar". Después de una o 2 horas, fui al baño y vi sangre cuando me limpié. Entonces sí me alarmé y a las 4 ó 5 a.m. llamé varias veces por teléfono a mi mamá. Sólo me salía la grabadora. Le dejé varios mensajes. Ya me estaba angustiando. ¿No iba a conseguir a nadie? ¡Yo no quería parir sola! Era mi primer parto y yo estaba bastante asustada, aunque no se lo admití a nadie…

Los dolores comenzaron por la madrugada. Mi tía –abuela de 78 años dormía tranquila en el cuarto que compartíamos. No desperté a nadie porque las contracciones no eran muy seguidas y pensé, sentada en el sofá: "Soy primeriza, esto se va a tardar". Después de una o 2 horas, fui al baño y vi sangre cuando me limpié. Entonces sí me alarmé y a las 4 ó 5 a.m. llamé varias veces por teléfono a mi mamá. Sólo me salía la grabadora. Le dejé varios mensajes. Ya me estaba angustiando. ¿No iba a conseguir a nadie? ¡Yo no quería parir sola! Era mi primer parto y yo estaba bastante asustada, aunque no se lo admití a nadie…

Durante muchos meses el miedo a los fuertes dolores de parto -fuertes, según lo q escuché de varias mujeres- fue una gran motivación para hacer ejercicios durante gran parte del embarazo. ¡Entrené como si fuera para las Olimpiadas! Hacía ejercicios en mi casa, caminaba por la playa me agachaba abrazando las palmas y fui tan atrevida de caminar por las empinadas carreteras del Yunque {a las 7 a.m. cuando estaba libre de carros}. Algunos amigos me decían: "¡Estás loca!", pero yo los ignoraba. ¡Tenía que estar lista para el momento!

Y el gran momento llegó el 14 de julio de 1999. Para hacer algo, como nadie contestaba mis llamadas, comencé a caminar por la casa, a recoger por encimita y después a asearme para recibir a mis invitados. Los primeros en llegar, a las 6 a.m., fueron mi mamá y mi hermano Oscar. Ella llegó con una canasta de flores y rosas enanas para adornar el cuarto de parir. Poco después llegaron las parteras Vanessa y Rita. Vanessa colocó, en una mesita junto a la cama, una flor- que es tradición entre las parteras de EU- para que el parto fluya bien.

Las contracciones eran cada vez más intensas, y la partera Vanessa y mi cuñada Joannet me dieron masajes en las espalda baja. ¡Sentí un alivio inmenso! Las parteras me decían: "¿Quieres que te inyecte algo para el dolor?" y yo contestaba que no. Quería que mi bebé Caminé por el cuarto que preparamos para el parto. Comenzó a llover y a tronar, y cerraron las ventanas porque el agua se metía. Yo sentía un calor terrible. Bebí teses de hierbas como la frambuesa y la ortiga para promover las contracciones y estimular el útero; después Vanessa me acompañaba al baño para orinar. Mami no estaba. Entraba y salía del cuarto haciendo diferentes cosas- entre ellas, esterilizando las sábanas en la secadora para luego colocarlas sobre la cama.

Rompí fuente y el agua salió realmente con  la abundancia y la fuerza de una fuente. Me quedé boba mirando la mucha cantidad de agua que yo tenía guardada por dentro. Cuando dilaté lo suficiente, me eñangotaba para pujar con la ayuda de las pateras, pero el bebé no salía. Me recosté de espalda a la cama y mi cuñada  se sentó detrás de mí y me sostuvo por los hombros. Me acuclillé y pujé, pero nada. Vanessa me llevó al baño, tal vez si orinaba, facilitaría el proceso, pero tampoco pude orinar.

Seguí caminando por el cuarto, aunque me sentía cansada. Agradecí la oportunidad para moverme porque sabía q en un hospital estaría confinada a una cama, en una posición incorrecta para parir y con un doloroso catéter de foley enterrado por mi uretra para vaciar la vejiga.

Afuera seguía lloviendo mucho con truenos y todas las ventanas seguían cerradas para que no entrara el agua. El cuarto tenía poca iluminación porque en el techo había una sola lámpara pequeña y Rita se veía cómica alumbrándome la vagina con una linterna- que mami le había traído- para poder ver. Yo estaba dilatando a pasos rápidos y constantes.

Como el bebé no salía, me concentré en enviarle mentalmente mensajes de amor y exhortación, alentándolo a que naciera. Poco después, el bebé coronó y lo toqué con mi mano. Eso me dio nuevas fuerzas y alegría: todo iba bien.

Yo estaba parada junto a la cama, porque no quise el espacio abierto de todo el cuarto, me sentía más confiada en esa esquinita. Las parteras colocaron almohadas en el piso, entre mis piernas. Luego, Rita se acuclilló frente a mí y dijo: "No pujes…", porque Vanessa fue a la mesita a buscar algo, pero en ese mismo momento el bebé decidió nacer a las 11: 30 a.m.

El bebé pareció nadar velozmente fuera de mí y Rita lo capturó en el aire. Yo estaba tan concentrada en mi hijo que no sentí cuando hubo un pequeño desgarre en el perineo; las contracciones me dolieron mucho más que eso. Rita quería coserme, pero sería una sola puntada, tal vez dos. Yo no quise y ella respetó mi decisión. Vanessa me orientó de qué manera podía sanarlo de forma natural y seguí sus recomendaciones al pie de la letra. Con compresas de hierbas y baños de asiento sanó perfectamente al poco tiempo. Nunca tuve problemas: ni fiebre, ni infección, ni nada por el estilo.

Vanessa cortó el cordón umbilical con los instrumentos que esterilizaron poco antes, y ella y Rita le limpiaron los ojos y la nariz al bebé. Yo, mientras tanto, por fin me pude acostar tranquilamente sobre la cama. Vanessa me mostró al bebé y me dijo: "Llámalo." Ella lo sostenía frente a mí y yo lo miraba muda de sorpresa y alegría. "Dile su nombre." Insistió ella. Dije: "¡Gabriel!" ¡Y el bebé abrió los ojos inmediatamente! Yo sentí-tal vez por mis sentimientos maternales- que me miró y me reconoció al instante. Percibí que emanaba de él la fuerza y maravilla de su individualidad. Gabriel estaba alerta y saludable y yo me encontraba feliz de recibirlo.

Me lo colocó sobre mi pecho y lo amamanté en seguida. Se fortaleció allí mismo nuestro lazo de madre e hijo: a ambos nos llenó de tanta paz y serenidad que lacté por 4 años. Sentí que lactar era el momento más tierno, bello y emocionante de ser madre primeriza. Mientras lactaba, tomé agua de un vaso con sorbeto.

Expulsé la placenta con el primer pujo y pensé feliz: "¡Valió la pena hacer tanto ejercicio cuando estaba encinta!".

Luego, Vanessa pesó a Gabriel y lo midió. La mamá de Joannet lo bañó y me lo entregó rapidito; ya yo lo extrañaba. Durante todo el parto, Vanessa y Joannet se turnaron para sacar las fotos. Todos los que aguardaban en la sala entraron a felicitarnos. Mami trajo de la mano a mi tía-abuela. Tita, mi tía-abuela, se metió en la cama conmigo para saludar a mi angelito. Mis tres hermanos, Orly, Omar y Oscar, se sintieron más tranquilos.

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