Diego Dalí

Cuatro años atrás mi vida cambio al darle la bienvenida a mi primer hijo

César Alfredo nació y sentí que lo conocía desde siempre. Que lo había esperado sin saberlo.

Sin embargo, al pasar algunos días me di cuenta que su llegada no había sido como yo la imaginaba. Algo no estaba bien y no podía exactamente señalar el fallo, que faltaba en aquella experiencia. Peor aún, temía comentarlo por no tener las palabras correctas y por un cierto sentimiento de culpa por sentirme así mientras tenía en mis brazos a un bebé saludable y hermoso.

Al cabo de un tiempo, comencé a tropezar con información que parecía caer en mis manos por causalidad divina.

Mi hijo no estaba listo para nacer aquel 6 de mayo de 2005. No era su momento y no había razón alguna que justificara el haber alterado el curso de aquel embarazo hasta el momento saludable.

Tres días antes del parto, había sido hospitalizada para la administración de un antibiótico intravenoso para atacar una persistente infección urinaria. El viernes, día en el cual terminé el tratamiento, la obstetra me visitó por primera vez desde mi estadía en el hospital y me dijo "Estás en 1.5 cms. Si no regresas esta noche, regresas mañana temprano y seré yo la que estaré de guardia todo el fin de semana. No puedo dejarte ingresada sin una razón clínica. Mejor vamos a inducirte y así salimos de eso, para que no tengas que regresar". Mi corazón se aceleró. A pesar de tener 37 semanas y un día, no había ido preparada mental ni prácticamente para dar a luz durante esa hospitalización. Julio, mi pareja, se lo explicó. Ella se rió de que a mi tiempo de gestación, no estuviésemos listos para recibir a nuestro bebé. Ahora me hace perfecto sentido nuestra preocupación de aquel entonces...

Foto de madre de Diego Dalí con contraccionesSin embargo, al cabo de muchas preguntas -protagonizadas por "¿Hay algún riesgo para el bebé al ser inducido?" a lo que la galena respondió con un "No" claro y dibujado por una mueca que aseguraba que es un proceso que practica a diario- nos sentimos sin alternativas y traicionando a nuestra voz interior, accedimos.

Todo pasó ligero como si sea tratara de una real emergencia médica. En menos de media hora iba en una camilla por pasillos eternos, fríos y silenciosos. Llegamos a un cuarto igualmente impersonal y estéril únicamente de simpatía. Las enfermeras comenzaron de inmediato a ir y venir cada una controlando alguno de los aparatos que me enchufaron sin explicación tal cual si fuese yo una máquina más.

Cuando llegó la doctora, ya empezaban las feroces contracciones. Sin tan siquiera dirigirse a mi, encendió el televisor de gran pantalla con el cual contaba la habitación, cambió el canal y se dispuso a ver la telenovela con las enfermeras que la asistirían. Sólo Julio y mi mamá me hablaban e intentaban mantenerme enfocada y a sobrellevar el dolor abrumador.

Me negué a la oferta del anestesiólogo que me visitó con su carrito listo cual vendedor de helados con su tentadora selección. A pesar de todo, confiaba en mi habilidad de manejar el dolor y, aunque en algún momento deseé haber aceptado sus servicios, hoy sé que es la única decisión sabía que tomé aquel día.

Uno de todos los procedimientos que las enfermeras llevaron a cabo sin consultarnos, fue la administración de Demerol que me informó mientras lo inyectaba en la línea sanguínea. Mientras duró su efecto todo se empeoró. El dolor nunca disminuyó, mas bien me inhibió de la habilidad de reaccionar ante el. Me sentía drogada, fuera de control, atontada e increíblemente adolorida. Sólo recuerdo ver a Julio y mi madre sufriendo conmigo mientras veía las espaldas de las tres batas blancas de quienes pensé que me asistirían, mirando embelezadas la aparentemente muy interesante telenovela. Afortunadamente para cuando llegó el momento del parto ya no sentía el debilitante efecto del horrible narcótico y al cabo de unos 10 minutos unos pocos pujos, mi hijo nació.

De momento todo se aceleró nuevamente... De inmediato y a instrucción precipitada de la doctora, Julio cortó el cordón, escuché el llanto de mi bebé, vi como lo llevaron con muchísima prisa a una mesa donde lo limpiaron con brusquedad y le hicieron no sé cuantas cosas más. Al finalizar se lo entregaron a Julio y luego a mi mamá quien finalmente lo puso en mis brazos. Lo vi, lo abracé, lo observé y al cabo de unos dos o tres minutos y una sola foto... se lo llevaron, sacaron a mis acompañantes del cuarto, sin previo aviso me echaron un balde de agua casi congelada en la vagina y antes de percatarme me dejaron sola en aquella fría sala de partos.

Luego me enteré que me salvé de una episiotomía gracias a la bendita telenovela. La doctora en algún momento me había clavado una jeringuilla en el perineo y se había entretenido nuevamente con la historia de la tele. Se arrastro en su silla rodadiza hasta la mesa de instrumentos y cuando armada de tijeras de dirigió a mi, se llevo una sorpresa al ver la cabeza de mi hijo casi totalmente fuera.

Foto Diego Dalí con su madreDe regreso a mi habitación de estar, a pesar del cansancio y quizá de algún residuo del Demerol no lograba conciliar el sueño, mi hijo no estaba conmigo y me preguntaba por qué demoraban tanto en traerlo... Quería verlo, conocerlo. Mi corazón sospechaba todo lo que mi pobre bebé pasaba a sólo horas de su brusco nacimiento. Al cabo de 6 horas, finalmente me lo entregaron. Muy bien peinado, bañado, y con algunas marcas de lo que había sucedido durante aquellas largas horas.

De primer momento, le contaba a todos que había sido un buen parto. Había logrado un parto vaginal, sin episiotomía y muy rápido. Pero en mi corazón sentía que nos habían quitado algo, que mi hijo no había sido recibido humanamente, que de cierta manera lo habíamos abandonado a la merced de desconocidos y que lo había traicionado por ignorancia... llevaba un sentimiento de culpa difícil de describir.

Una segunda oportunidad

Al cabo de unos años nos alegramos al conocer la noticia de que esperábamos otro bebé.

A pesar de que de inmediato visité la oficina del mismo grupo de ob/gyns que me había robado mi parto hace cuatro años, sentía que esta vez quería una experiencia diferente y más saludable. Temía el abandonarnos nuevamente a las decisiones y control de otros.

De inmediato recordé una conversación reciente que tuve con una amiga sobre el parto en casa. Sin comentarlo con nadie, comencé a leer, a buscar.  Establecí un tímido contacto electrónico con la partera que mi amiga conocía y me propuse a investigar seriamente esta alternativa.

Luego de algunas semanas, lo consulté con Julio. Inicialmente se asombró, tuvo muchas preguntas. Finalmente luego de recordarle aquella primera experiencia y hablarle un poco sobre lo que yo había investigado, me manifestó su apoyo total y sentí un gran alivio.

Comencé a comentarlo con algunas personas. Muchas reaccionaban sorprendidas, incrédulas y preocupadas y un puñado me ofrecía su apoyo. Un día no paraba de pensar en otra cosa y sentí que algo cayó en su sitio en mi interior. Me sentí feliz y liviana... sentía en mi corazón que estaba tomando la decisión correcta. Si era posible, tendría mi parto en casa.

Ese mismo día llamé a Vanessa, mi partera, por primera vez. Su voz, sus contestaciones a mis mil preguntas y la manera la plenitud y confianza que sentí confirmaron mi decisión.

Pronto la conocí personalmente. De ahí en adelante comenzamos el proceso, las visitas pre-natales, cambié de médico y todo fue viento en popa.

A diferencia de mi primer embarazo, me sentí informada y al tanto de detalles nuevos para mi. Claro, esta vez participaba plenamente de mi embarazo... Comencé a aprender la relación entre la cuidado de mi cuerpo, mi dieta y de mi actitud positiva con el desarrollo de mi bebé y la futura realización del parto que anhelábamos. Cada una de mis visitas prenatales con mi partera me llenaba de positivismo y emoción. Me fascinaba ver como ella con sus manos acertaba la posición, tamaño y otros detalles de mi bebé que más tarde el médico me confirmaba vagamente con frías máquinas.

¡Y se hizo la luz!

La noche del día que marcaba mi semana 39 me fui a dormir intrigada por unas contracciones interesantes que seguían un cierto patrón un poco tímido. A las tres de la madrugada un dolor me despertó bruscamente y supe que algo se desataba en mi vientre.

Caminé en la casa oscura. Desperté a Julio y comenzamos a registrar esas cada vez más fuertes oleadas de dolor y presión. Aunque desordenadas, sabía que aquellas contracciones ya no se detendrían… 10, 6, 5, 4, 8… los minutos entre sí fluctuaban como zigzag.

Llamamos a Vanessa. Al explicarle lo que sucedía me aconsejó que intentara dormir pues el tan esperado momento estaba cerca y necesitaría mis energías más tarde. Aunque, como siempre, intenté seguir su consejo, no logré conciliar el sueño nuevamente.

Mientras Julio y César, quien había despertado quizá por presentimiento y por escuchar mis quejidos, se durmieron creyendo que yo dormía también. Me levanté muy silenciosa y paseé por la casa. Caminé de un lado a otro. Me fui al silencio, a la oscuridad. Allí descubrí que si mecía mis caderas al paso de una contracción, el dolor era más llevadero. Contaba, miraba el cronómetro, esto me ayudaba a distraerme y a visualizar que con cada segundo se acortaba el tiempo de aquel dolor que cada vez era más violento y se acercaba la hora en la cual vería la cara de mi bebé por primera vez.

Así pasaron ligeramente casi dos horas. De momento sentí necesidad de la compañía de Julio. Miré a la ventana y vi luz. Al menos había dejado a todos dormir hasta la mañana y entonces ellos habrían almacenado la energía que no pude recargar yo sin haber pegado un ojo. Ya el momento lo sentía muy cerca…

Mientras levantaba el teléfono para llamar a Vanessa, recibí su mensaje preguntando como estaba todo. La llamé de inmediato. No recuerdo que le dije. Seguramente le conté de lo cercanas que estaban aquellas intensas olas de dolor que ya eran acompañadas por una descarga vaginal. Habrá notado en mi voz lo que su sabiduría ya conoce como el llamado de la mujer parturienta. Dijo que llegaría pronto.

De ahí en adelante todo visita mi mente como una película. El sonido se agudiza, se aleja… olfateo lavanda, tierra…

Habrían pasado algunos minutos pero cada uno se sentía como una hora. Le rogaba a Julio que llamara a mi partera otra vez. Intentaba visualizar que se acercaba a mi casa… Aunque igual que en mi primer parto, me volvió a suceder que durante una contracción no toleraba los masajes que había anhelado durante todo mi embarazo, descubrí que me ayudaba mucho sujetarme fuertemente de Julio mientras sobrevivía a cada una de ellas. No podía parar de caminar… de moverme… Mi cuerpo había dejado de ser mío y ahora le pertenecía a la naturaleza que se encargaba de moldearlo para darle paso a mi bebé hacia la luz…

Escuché la voz de mi partera. ¡Que alivio! Ahora podía respirar. Podía frenar la lucha interna que mi mente le había declarado a mi vientre para que detuviera la expulsión inminente de Diego hasta que Vanessa llegara.

Todo seguía acelerándose

La voz de la partera me calmaba, me daba confianza, seguridad, reforzaba mi mente, me halaba del trance en el cual el dolor me quería sumergir. Me transmitía sabiduría y le hacía a mi cuerpo recordar como las mujeres lo hemos hecho desde que existimos. "Eres una guerrera" me decía mientras me ungía con un olor energizante, fresco y místico. Estaba lista… "Soy capaz de todo" pensé.

De inmediato Vanessa me examinó y lució asombrada cuando dijo "¡Estás en diez!".

Todo se aligeró. Julio y Vanessa caminaban rápidamente. Hablaban, movían cosas. Entraban, salían… Mientras encontré a mi tía en mi caminó y se prestó para servirme de apoyo en cada contracción.

Nos acordamos de la bañera. Quería probar como me ayudaba el agua. Ya sentía un deseo intenso de pujar cuando decidimos llenarla un poco más. Escuchaba el agua correr. ¡El termómetro! Comenzaron a tomar la temperatura del agua y calentarla un poco más.

Ya no aguantaba más… ¡¡Necesitaba pujar!! No quise esperar por el agua… Me ofrecieron intentar en la silla de parto que ya estaba lista. Ya no importaba donde o como… solamente… necesitaba pujar.

En algún momento aparecieron ante mi dos caras de mujeres que en aquel viaje sublime sentía que conocía de antes. Yadira y Brooke llegaron a asistir en el parto. Se convirtieron de inmediato en manos amigas, voces calmantes… aliadas, conocidas de toda la vida. Me hablaban, me sujetaban, me acariciaban, me mantenían enfocada y fuerte…

El dolor era tan constante e intenso que sentía que mi cuerpo perdía movilidad. Sentía que no podía doblar las piernas para sentarme. Me ayudaron entre todos.

"¡César! Llamen a César" ordené a mi cuerpo a que esperara nuevamente. En unos segundos César apareció corriendo por el pasillo hacia mi. Por un momento me preocupó que le tomara de sorpresa todo pues había estado alejado en el desarrollo de todo aquello. Su sonrisa inmediata me dijo que estaba listo.

Mi niño se transformó de repente en una alma antigua que sabía precisamente lo que hacer, como ayudarme y todo lo que sucedía. De aquel momento llevo grabada su voz "Ya mamá, ya mamá" me decía mientras me acariciaba tal como yo lo acarició cuando tiene algún dolor.

Caras de los queridos se asomaban en mi cordura… mi mamá, Julio, mi hermana, mi tía, Vanessa, Yadira y Brooke.

Foto de madre sujetando a Diego DalíAhora si podía pujar… En un pujo largo que salió de lo más profundo de mis entrañas sentí algo que se asomaba. Mi respiración estaba aceleradísima. Emocionada de que mi bebé ya estaba tan cerca y necesitaba todo de mi, pujé más fuerte aún y un sonido inesperado abarcó la habitación… Agua. La bolsa se había roto bañando a mi partera quien se sentaba frente a mi. Me impresionó pues había olvidado la bolsa por completo. César bajó de la cama y se asomó entre mis piernas maravillado por todo lo que veía, asombrado y feliz. Retomé las sensaciones y sentía algo más fuerte dentro de mi. Pujé otra vez con toda mi fuerza. El "Anillo de Fuego". No hay vuelta atrás. "Realmente esto está sucediendo" pensé, "no hay tiempo de respirar, quiero pujar". A la instrucción de Vanessa bajé mis manos, listas para sujetar a mi bebé. Un pujo más y una sensación intensa, pero aliviante me invadió… Gritos de alegría, risas, asombro… Ya Diego Dalí estaba en mis manos. En mis brazos, en mi pecho. Lo logré. Todo pasó. Yo lo parí.

Entre todos me trasladaron cual reina faraona hasta la cama. En el cuarto risas, voces de emoción, un amor intenso invadía todos los espacios.

Diego lloraba y se aferraba a mi. Allí, conectados aún por el cordón nos conocimos, nos miramos, nos consolamos. Sin miedo a que nadie nos separara en ese momento, sin prisa. No sentí necesidad de revisarle nada… así como estaba era perfecto. Quería abrazarlo y tenerlo en mi pecho. No existía el dolor, preocupaciones, ni el tiempo… sólo felicidad.

Diego Dalí estaba muy despierto. Se chupaba vigorosamente sus manos. Me asombró pues César había presentado muchos problemas para chupar al nacer. Pensaba que era algo que aprendería. Diego estaba listo para mamar. Luego de algunos acomodos aconsejados por Vanessa, mi bebé estaba alimentándose de mi. Me miraba aliviado.

Mientras todos comentaban sus impresiones del parto. Miraban a Diego Dalí, le daban la bienvenida… César conocía a su hermano, le cantaba, lucía feliz. Julio sonreía con su hijo. Todos estábamos sublimemente alegres, aliviados, livianos, nada más importaba…

Aquellas tres mujeres que apenas entraban en nuestras vida lucían felices también. Cada una buscaba alguna manera de que yo y el bebé estuviésemos cómodos y fuertes. Se movían en la casa con una calidez y harmonía admirable. Claramente, las tantas experiencias que habrían tenido atendiendo partos no les habían robado la emoción que solamente inspira un nacimiento, el darle la bienvenida al mundo a un nuevo ser.

En aquellos momentos entendía que solo algunos eventos en la vida son capaces de unir espiritualmente en un instante a los seres humanos. Eso es lo que sospechaba posible luego de aquella primera experiencia en el hospital… el nacer es el suceso más intenso de la vida, no debemos dejar que se enfríe entre máquinas y mascarillas. Entre paredes blancas y batas inexpresivas. Así era que quería parir a mis hijos. Quería darles la bienvenida más hermosa a la vida.

Yo quería que el dolor me doliera. Que el tiempo se detuviera. Que nadie condicionara a quien quería conmigo en ese momento. Que quienes estuvieran presentes estuviesen conmigo. Gritar si sentía ganas de gritar. Pujar cuando y como mi cuerpo me dictara. Eso… que mi bebé, mi cuerpo y la naturaleza, que es su dueña, fueran los únicos capaces de controlar aquel momento. Y así fue…

Ahora el ver las fotos del nacimiento de mi segundo hijo, me transporto a aquel momento y anhelo cada recuerdo de aquellas horas. Y si lo pudiese hacer otra vez no cambiaría nada.

Entiendo ahora que faltaba cuando miraba las fotos del parto de mi primer hijo… aquellas memorias vacías, las caras pálidas e inexpresivas de los presentes, la sensación de impotencia, de vergüenza, mi bebé solo y con sus manos deseosas de agarrar mi piel, pidiendo ayuda con su llanto triste, yo amarrada por tantas cosas bajo una bata de papel sin poder rescatarlo de tanto procedimiento robótico e innecesario, de prisas ajenas… de tanto frío.

Aquel 11 de septiembre a las 9 de la mañana cambió mi vida. Soy capaz de mucho más de lo que pensaba. Le permitimos a Diego Dalí sentir inmediatamente con cuanto amor era esperado.

A pesar de que los hijos se adoran sin importar la forma en la cual nacen, es nuestro derecho y responsabilidad asegurarnos de ofrecerles una suave, sutil, saludable y amorosa bienvenida al mundo.

Nuestro nacimiento y el de nuestros hijos nos pertenecen. Debe ser la memoria más hermosa que nos acompañe el resto de la vida.

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